A todos los niños y niñas que con su curiosidad mantienen viva la Historia.
Hace muchos, muchos años, incluso antes de que el San Antón abriera sus puertas, se levantó un hermoso palacete en el corazón mismo de la ciudad, fruto del sueño de una acaudalada familia.
Para su construcción se llamó a los mejores arquitectos de la época, a sabiendas de que en poco tiempo se convertiría en el centro de reuniones de la alta sociedad albaceteña. Desde el gran torreón del Chalet Fontecha se podía contemplar gran parte de la villa, y en las noches de primavera sus preciosos jardines se llenaban de música y de color.
Todo era luz y vida en el hogar hasta que la desgracia de la guerra llegó también a esta familia. Tras una noche de tragedia, la señora tuvo que huir con su niño pequeño para no correr la misma suerte que su marido y sus otros dos hijos. Con este triste desenlace, el palacete quedó en manos ajenas.
Tiempo después de comenzar a utilizarse como sede del Gobierno, entró a trabajar a la casa Doña Paquita, que aunque seria y de pocas palabras sabía poner todo el amor del mundo en cada plato que servía en la mesa. Doña Paquita tuvo que hacerse cargo de su nieto cuando su hija marchó a Francia y siempre agradeció que nadie pusiera en la calle al pequeño Enrique y le permitieran compartir cama y plato, al fin y al cabo serían dos manos más para ayudar en tiempos difíciles.
Enrique era tan delgado que parecía hecho de hilo y aire. Silencioso y escurridizo, como si realmente no perteneciera a este mundo, pero a la vez curioso e inquieto. Tras los pequeños cristales de sus gafas heredadas, Enrique observaba todo lo que sucedía a su alrededor con hambre de saber. Solía esconderse en cualquier rincón para descubrir mil y un secretos que coleccionaba como tesoros. Aunque la abuela le tenía completamente prohibido moverse más allá de la zona de servicio, la idea de una puerta entrecerrada, un cajón por abrir y un largo pasillo sin fondo, alimentaban su imaginación sin miedo al tibio enfado de Doña Paquita.
Cada día, antes del amanecer, su abuela lo mandaba al palomar a coger huevos para el almuerzo del gobernador. Era uno de sus momentos favoritos pues para Enrique esto suponía un salvoconducto para colarse por todos los rincones y explorar una casa que todavía dormía. A veces, Enrique cogía uno de esos pequeños huevos, lo lanzaba con todas sus fuerzas para ver hasta dónde llegaba atravesando el jardín y lo apuntaba con orgullo en su cuaderno - casi tercer árbol de la izquierda, mejorando - .
Aquella mañana Enrique tomó aire, se concentró y aplicando una energía desmesurada lo lanzó con tanto ímpetu que creyó estampar ese preciado proyectil en el fondo del jardín, pero no podía verlo y parecía que el huevo había desaparecido sin más, culminando así una hazaña inimaginable, llegar al otro lado del muro. -¡Sí! ¡El más fuerte del mundo mundial!
Cegado por la emoción, corrió escalera abajo directo a la puerta enrejada que tantas veces le habían prohibido cruzar, la abrió como el que escapa de una fiera y al abrirla sintió que todos y cada uno de sus menudos huesos temblaban de entusiasmo.
No entendía por qué nunca le dejaban salir a jugar, y las escasas veces que la abuela le había permitido acompañarla a la nevera, le bloqueaba el paso tan pronto se daba cuenta de que su nieto intentaba escabullirse para llegar al jardín. Por eso, cuando puso el primer pie en el césped recién cortado y vio a los hijos del jardinero corretear libremente, sintió una mezcla de envidia y rabia que desapareció de golpe cuando notó una mano en el hombro.
- Sabes que no deberías estar aquí -dijo el viejo jardinero. El anciano era mucho más alto que él, con una barba ligeramente canosa y unas mejillas sonrosadas que brillaban entre las luces del alba. Con voz ronca y suave, sin dejar de sonreír y con ese tono pausado de los adultos que intentan volver a la infancia, el jardinero pidió al niño que se sentara.
- Enrique, sé que te encanta guardar secretos pero esta casa, como tantos otros lugares, oculta algunos que deben ser contados. Conocer lo que ha sucedido y quiénes somos, puede ayudar a no cometer los mismos errores. La historia es una llave que abrirá las puertas del futuro - con estas palabras, sacó de su bolsillo un pequeño objeto envejecido y se lo entregó como el que deposita en otras manos la esperanza del porvenir - Cuéntalo, Enrique, Cuéntalo.
El anciano hablaba extraño, pero Enrique le escuchaba embobado. Esto era mucho mejor que esconderse detrás de una cortina en las reuniones de la gente importante que llegaba a la casa. Por primera vez, sintió que había encontrado alguien con quien compartir sus hallazgos, ya no le importaban esos niños que seguían lanzando piedrecitas, sólo quería escuchar las historias de las que el jardinero hablaba. Tan fascinado estaba que ni tan siquiera se dió cuenta de que el sol asomaba y al notar los primeros rayos, salió corriendo sin despedirse.
Al llegar a la cocina, su abuela lo examinó de arriba a abajo - ¿Dónde están tus gafas?- El niño se tocó la cara y recordó su huída a toda prisa y aunque se quedó mudo un momento, pensó rápido una mentira pequeña, porque Doña Paquita no se merecía grandes embustes.
- Me encontré al jardinero y me las está arreglando - Al fin y al cabo Enrique quería saber más sobre el anciano y esta perfecta excusa le permitiría volver a buscarlo - ¿Qué jardinero ni jardinera?, las plantas en esta casa llevan marchitándose años y nadie se ocupa de las flores de ese vergel abandonado…¡No inventes historias y aléjate del jardín, ese lugar no guarda cosas buenas!
No contaba mentiras, o al menos no en cuanto a lo que a él ahora le hacía tiritar las piernas. Con el pulso acelerado y dejando a la cocinera con la palabra en la boca, Enrique quiso volver sobre sus pasos, pasó sin dudar por delante de la nevera, una, dos, tres puertas de madera, giro a la izquierda y un largo corredor lleno de brillantes azulejos de colores, pero ese pasillo estaba ahora lleno de polvo y cubierto de telarañas y una enorme montaña de trastos viejos bloqueaba la puerta de acceso al jardín.
Enrique se quedó inmóvil - ufff, por aquí no es - y al tercer paso en su marcha atrás ¡Crac!, al mirar al suelo ahí estaban sus anteojos hechos añicos. Ahora sí, a Enrique se le heló la sangre y sintió que corriera hacia donde corriera había quedado atrapado en un mal sueño. ¿Cómo era posible que en tan solo unos instantes este camino hubiera quedado cerrado como si…?
Hizo lo posible por respirar y sin imaginarse lo que encontraría, trepó por las cajas apiladas hasta llegar a la cima. Por un pequeño agujero, en el que jugueteaba una polilla, Enrique quiso recuperar la razón. Lo que allí vio marcaría el resto de sus días: un jardín marchito, abandonado al tiempo, cubierto de hojas muertas y ni rastro de niños o jardinero.
El niño voló en busca de su abuela que sin necesidad de más palabras lo mantuvo abrazado durante horas.
Al día siguiente el gobernador mandó tapiar la puerta y Doña Paquita lo dispuso todo para que Enrique se marchara a una gran ciudad a estudiar tal y como siempre había deseado.
Pasó un otoño tras otro, se nos fue la abuela y el Chalet cerró las puertas recién estrenado el nuevo siglo. El pequeño dejó de serlo, pero guardaba esa curiosidad innata que le hacía querer regresar al palacete y aunque dejó de pensar en el hombre misterioso, conservaba la llave que le dió como un talismán.
Una tarde de finales de septiembre, Enrique bajó del tren dispuesto a reencontrarse con todos sus miedos. Caía la tarde y la lluvia ayudaba a que la calle estuviera si cabe más triste. Al llegar al viejo palacete, descubrió una casa mucho más pequeña de lo que recordaba, descuidada y sucia, cerrada a cal y canto y condenada al olvido, un lugar completamente alejado del esplendor que un día conoció.
Escuchó las voces con claridad y sin pensarlo, sacó de su bolsillo la llave oxidada y la miró con cierto temor a lo que pudiera encontrar. Buscó la cerradura en la oscuridad y la deslizó suavemente por ella hasta hacerla girar. Caminó despacio por los pasillos vacíos, recorrió las habitaciones una a una y cuando estuvo preparado avanzó por el pasillo sin creer lo que intuía al fondo. Esta vez no tuvo que empujar la puerta. Allí, entre plantas y flores, encontró al anciano como si el tiempo se hubiera detenido. En ese momento supo que nunca se volvería a marchar.
Se dice que el jardinero sigue allí, quizás esperando poder contar los secretos que atesora el palacete. Los más atrevidos incluso aseguran que en las noches tranquilas de invierno, cuando la ciudad duerme, todavía se pueden escuchar risas infantiles entre los árboles y unas palabras arrastradas por el viento, que susurran a quien quiera escucharlas…
- Cuéntalo.
Y colorín, colorado, ¡esta historia nunca se habrá acabado!
M.C.
Cuentos desde el Faro, 2026